Después
de leer las cartas de Eduardo, Daniel y Maxi,
quiero aportar mi experiencia. Hace casi 5 años
que estoy acá, vinimos con mi marido a
una edad en que no es usual emigrar: él
66 y yo 63, entonces. La inmigración suele
ser cosa de jóvenes. No obstante, y siendo
él español, mallorquín para
más datos, con 50 años de Argentina,
nos largamos. ¿Por qué y para qué?
Porque estábamos hartos del manoseo, de
las mentiras, de la corrupción y más
aún de la impunidad. De las instituciones
que no funcionan (policía, justicia, Congreso,
Municipalidades...) De ver la decadencia de la
salud y de la educación. De absorber como
mejor podíamos el doloroso espectáculo
de la pobreza, de los cartoneros, de los niños
en la calle. De la pobreza indigna, mezclada con
el consumo de drogas, la prostitución,
el delito. De que nos hubieran entregado a los
ciudadanos, atados de pies y manos a las empresas
privatizadas y hayamos debido soportar cualquier
abuso y atropello de todas ellas, la Telefónica
española en primer término. De amanecer
cualquier día con la noticia de que un
ministro de economía inspirado nos había
metido la mano en los bolsillos y nos había
quitado el 30 % de lo que teníamos. De
llegar a la vejez con jubilaciones de miseria
después de una vida de trabajo muchas veces
muy calificado, como en nuestro caso. De unos
cuántos etcéteras más...
Vinimos
entonces a buscar, por nuestra edad, ya no trabajo
ni mejoras económicas, sino respeto como
ciudadanos, que no nos mientan más, previsibilidad,
atención para nuestra salud. Conocíamos
este país por haber estado como turistas
en varias ocasiones - mi marido no había
perdido jamás el fuerte nexo con su Mallorca
natal - y nos encantaba su estilo de vida.
Como
dice Eduardo, llegamos con humildad y sabiendo
que éramos nosotros los que debíamos
adaptarnos y no esperar a que los españoles
se adaptaran a nosotros. Desde el lenguaje, suavizando
las yyyy y las ll ll ll ll, hasta adoptar el "coger",
el "guapo" y el "pichichi".
Notamos en seguida un excelente recibimiento,
al que no era ajena la admiración que sienten
los españoles por la Argentina, por nuestra
cultura y por nuestra educación. No tengo
más que palabras de agradecimiento a esta
comunidad. Excepción hecha de algún
comentario xenófobo que nunca falta y que
lejos de maximizar, lo tomo con condescendencia.
Yo tampoco intenté agruparme con argentinos,
aunque no rechazo por supuesto, la relación
con algunos compatriotas; celebro haber hecho
casi amistad con algunos españoles. No
añoro el bife de chorizo ni las facturas
con dulce de leche. Los tangos los escucho desde
mis CD, al tiempo que voy incorporando a mis gustos
musicales a artistas españoles... Cuando
quiero dulce de leche, me lo preparo. Y para el
choripán, de vez en cuando consigo en algún
hiper los choricitos criollos. Pero aprendí
a cocinar las gambas, los garbanzos, las alubias,
el pisto, que alterno con los fideos con tuco,
las milanesas o el pastel de carne.
Hoy,
mi marido ya no está, falleció de
cáncer hace seis meses, después
de ser atendido por la unidad de Cuidados Paliativos
aquí en Logroño, donde residimos,
de una manera que jamás podré agradecer
y sin que nos costara 1 céntimo. Un equipo
de médico, enfermeras, psicóloga
y trabajadora social nos visitaba permanentemente
y se constituyeron en amigos, más que en
profesionales que le ayudaron a bien morir a él,
y a mí, a contenerme emocionalmente y a
apoyarme e instruirme en su cuidado.
En
síntesis, lo que vinimos a buscar a España,
lo encontramos. Los motivos que nos indujeron
a dejar la Argentina, persisten y persistirán
por generaciones, baste ver que los que hicieron
de ella el país postrado que es, siguen
en la dirigencia. Aunque soy optimista y positiva
no puedo serlo con el futuro de Argentina. Argentina
es y será siempre mi país amado,
mi infancia, mi formación, el hogar que
fundamos, la cultura, los artistas que me emocionan,
los lugares paradisíacos que posee, la
conversación demorada con el vecino mientras
barríamos la vereda, las Navidades en los
patios... Y España es el lugar en el que,
al final de mi vida, encontré el respeto
y la dignidad que se me negaba en mi país.
Argentina, te amo. España, gracias. Nora
|