Y
si les echáramos una mano? Merecen la oportunidad
- Por Cristina - Publicada
el 10/08/08
Hola! Si alguien apoya la idea, escríbanme,
todos juntos buscaremos la posibilidad de acercarles
nuestra ayuda, por pequeña que sea. Sabemos
que esa ayuda será bienvenida y hasta bien
aprovechada. Por los grandes, pero mas por los
chicos. Saludos a todos.
Cristina
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Nota
de Pagina12.com.ar
Sábado,
9 de Agosto de 2008
Madres
contra el infierno
El
paco, la famosa y letal droga de los pobres, dejó
de ser una amenaza para ya formar parte de la
realidad de muchas familias que están presenciando
la pérdida de toda una generación.
Madres y padres muy jóvenes que mueren
dejando a sus hijos muy pequeños. La organización
Madres contra el Paco avanza contra esta inercia
para recuperar a sus hijos e hijas del infierno.
Por
Elizabeth Contreras
La
casa de Gladis tiene dos habitaciones desocupadas.
Allí dormían dos de sus hijas. Retazos
de viejos posters pegados en la pared delatan
un pasado habitado. Sabe lo difícil que
será volver a ocuparlos con las risas de
sus antiguas habitantes, pero conserva las esperanzas
y lucha cada día para que sus nietos recuperen
a sus mamás.
La
casa de Andrea es sólo una habitación,
con escasos muebles y sin lujos.
Allí
viven ella y su beba de tres meses. Es consciente
de lo difícil que será llenar ese
espacio de las risas y rabietas de su hija de
10, pero cada minuto se esfuerza por seguir entera
y reconstruir una vida desarmada por su adicción
al paco. Aunque ellas nunca compartieron un mismo
cuarto y las distancias geográficas las
separan, ambas ponen su cuerpo en la cruzada contra
el paco, considerada "una droga de exterminio
de pobres", y socializan sus vivencias con otras
madres en la misma situación.
Gladis
Lencina se mantiene de pie por sus nietos. Su
cuerpo revela los avatares de una vida. La pobreza
y la miseria que sufría en su Chaco natal
la obligaron a emigrar de niña a la ciudad
de Buenos Aires. "A los 13 ya estaba acá
trabajando, todos los días, sin parar",
contó. Cinco años después
conocería al hombre con quien tuvo cuatro
hijos y con el que vivió toda su vida en
la localidad de Dock Sud, en Avellaneda. La muerte
de su marido, a los 43 años -relata ella
misma- provocó un cimbronazo en la familia,
y en especial en Pamela, su hija de 20 años.
"Ahí
fue cuando se volcó a las drogas. La llevé
a un psicólogo, también la tuve
que internar en el Moyano porque se quiso matar.
Cada vez que me llama, me dice que nunca pudo
superar la muerte del padre", relata Gladis.
Transcurrieron
6 años desde ese momento trágico.
Gladis ya perdió la cuenta de las veces
que tuvo que salir de noche a buscar a su hija
por las comisarías o las oportunidades
en las que se internó en la villa, donde
Pamela andaba de "gira". Hoy, su hija está
presa en la cárcel de mujeres de Ezeiza.
Es la segunda vez que ingresa bajo el delito de
desobediencia a la autoridad.
"Está
por salir, pero no sé cuánto tiempo
va a pasar para que vuelva a caer.
Adentro
me promete que va a estar todo bien, que no va
a consumir más, que va a cuidar a sus hijos;
pero cuando sale, hace todo lo contrario", dice
Gladis, en un tono resignado. En sus brazos está
su nieto, que duerme la siesta tranquilamente.
Pamela estaba de 7 meses de embarazo cuando quedó
en la cárcel. El bebé permaneció
20 días tras las rejas junto a ella hasta
que la Justicia resolvió entregárselo
en guarda a su abuela. "Después de 20 años,
venir a cuidar a las criaturas es mucho. Es como
empezar de nuevo, pero tengo que seguir por ellos
y por mis hijas", sostuvo. Pamela tiene otro hijo,
de 6 años, que está al cuidado de
su abuela paterna.
Cadena
mortal
"Una
mujer adicta con hijos viene de una problemática
anterior que es el embarazo adolescente. Se trata
de chicas que no tienen compañero, que
consumen paco y que no pueden hacerse cargo de
otra persona. Todos los vínculos de una
persona adicta se desarman, se rompen. No tienen
manera de construir un vínculo madre-hijo/a",
analizó la psicóloga Mariela Fernández,
integrante de Madres contra el Paco.
Alrededor
de Gladis revoloteaba su otro nieto, de 5 años.
Es hijo de Lorena, de 25 años, que no se
sabe dónde está. Según algunos
conocidos, la joven anda por la Villa Zabaleta,
ubicada en el límite entre los barrios
porteños de Barracas y Pompeya. "No me
puedo meter a esa villa sola, tengo miedo.
Además
tengo que cuidar a los chicos", explica la abuela.
Según cuenta la señora, Lorena empezó
a consumir a los 15 años. "Nunca paró.
Hace diez años que está con la droga
y hace un año que consume paco. Sé
que se está prostituyendo para conseguir
la droga." Lorena estuvo internada en una granja
de recuperación de Longchamps, pero se
fue a la semana del ingreso.
"Creo
que fue la abstinencia. Estaba contenida en esa
granja. Ella se quería ir y los directivos
me dijeron que no la podían retener porque
es mayor de edad", explicó. Gladis espera
el llamado o el regreso de su hija. Está
preparada para sobrevivir al shock que significa
verla cada vez más flaca, y conoce al pie
de la letra!
los pasos a dar para ayudarla en la urgencia.
"Viene cuando está destruida, la llevo
al médico, la hago curar y a la semana
se va para conseguir paco", enumeró.
Gladis
es una de las integrantes de la organización
Madres contra el Paco.
Es
el único lugar donde se siente contenida
y útil en la lucha, y por ende fue el lugar
donde se realizó la entrevista con Las12.
"Acá me empecé a enterar de qué
es el paco, a cuánto se vende, me encuentro
con otras madres que pasan por lo mismo", remarcó.
Gladis hoy intenta sobrevivir junto a su otra
hija, Cintia, de 23 años. No tiene trabajo
ni intenta buscarlo porque tiene que cuidar a
sus nietos. Tampoco echa culpas a nadie. Sabe
que está frente a un enemigo muy fuerte.
Sobrevivir
al paco
Andrea
cumple al pie de la letra el consejo del doctor:
darle teta y mamadera a su beba de tres meses.
"El médico me recetó leche maternizada
para la gorda. Está un poco cara, pero
me las arreglo para conseguirla", explicó.
Entre los turnos para amamantar, los pedidos de
atención de la bebé, Andrea fue
reconstruyendo su historia, marcada desde muy
temprano por la adicción. "Yo empecé
a consumir alcohol a los 11, después pasé
por todas las drogas y terminé con el paco",
aclaró rápidamente al iniciarse
la entrevista.
Contó
cada detalle de su vida con la naturalidad de
haberla contado muchas veces y con la necesidad
de seguir recordándola para no volver a
repetirla.
Pasaron
muchos años para que ella tomara la decisión
de salir de las drogas.
En
el medio de ese proceso perdió contacto
con cuatro de sus hijos, de 10, 14, 18 y 19 años.
"Tres de ellos están con el papá
en Salta y la nena de 10 está con mi mamá,
acá en Buenos Aires. Un día me dije:
me tengo que internar, fui al Sedronar y no me
moví de ahí hasta que me derivaron
a un instituto. Pasaron cuatro meses hasta que
resolví ir a la granja."
Hoy
está en etapa de recuperación, tras
ocho meses de internación en una granja
de Villa Rosa. En ese ambiente conoció
a Marta López -la presidenta de Madres
en Lucha-, con quien hoy comparten largas horas
de trabajo en la oficina donde funciona la organización.
"La abstinencia es difícil. Sentís
como una cosquilla que te corre por el cuerpo.
Te gana la ansiedad. Cuando me pasa eso, empiezo
a mandar mensajes con amigas, hablo con la psicóloga,
con Marta, que me ponen los puntos", contó.
Andrea
hoy tiene un trabajo junto a las Madres en Lucha,
y desde hace dos semanas vive con su bebé
en un pequeño departamento, en La Paternal.
Su objetivo es recuperar la relación con
su hija, de 10, que está a cargo de su
abuela materna. "Antes, mi mamá me dejaba
ver a mi hija cada 10 días; ahora los fines
de semana se queda conmigo, tengo autorización
para retirarla del colegio, mi mamá me
dio el teléfono de la psicóloga
de mi hija para tener una cita", contó.
"Recién ahora entiendo el cambio que significó
para mi madre y su pareja hacerse cargo de mi
hija. Modificó sus tiempos y su rutina",
remarcó. "Si mamá no hubiera pedido
la intervención de la Justicia, habría
perdido a mi hija. Estaba al borde de entrar a
un instituto de menores por las denuncias que
me hicieron los vecinos, por vivir debajo de un
puente con la nena", agregó.
El
relato de Andrea es escuchado con emoción
por Marta López, orgullosa de ver los logros
de su compañera de vida. "Ella pasó
de la vereda de la inconciencia a la de conciencia
para ayudarse a ella misma y a otras personas
en su situación. Ella se ocupa de todo:
de tramitar el DNI para los pibes indocumentados,
de ayudar a otras mamás, de gestionar ayuda
social y además les saca ficha a los chicos
cuando vienen por primera vez, tiene la empatía
propia de la gente que pasó por las mismas
cosas", explicó. "Soy testaruda. Si usé
mi inteligencia para consumir porquerías,
¿cómo no la voy a utilizar para
ayudar a los demás?", afirma Andrea.
Ambas
señalan las fallas y trabas que tiene el
sistema de asistencia para chicos adictos al paco.
La falta de contención post-externación
es uno de los problemas más graves. "Cuando
salís de la granja te dan una planilla
con la que tenés que ir cada 15 días
al Sedronar, pero tanto yo como la mayoría
de las personas que salen de las granjas tiene
otras urgencias, como por ejemplo, comer todos
los días", señaló Andrea.
"El problema es que los pibes están en
la misma, a la deriva, en la miseria, tiene que
volver al barrio, que es volver a consumir. Por
ello se necesitan lugares de pertenencia donde
sentirse contenidos y se realice la readaptación",
agrega Marta.
La
pregunta de Marta es qué se hace con las
jóvenes adictas con hijos. "Los internamos
en las granjas y sus hijos quedan a cargo de sus
familiares; pero, ¿qué pasa con
los chicos que no tienen familiares, dónde
van a parar sus hijos?", se interrogó.
"Andrea tuvo la fuerza para salir por el amor
de su hija, está reconstruyendo su relación
con su madre y con la nena de 10, pero hay otras
mamás que viven el embarazo como una carga
que hay que abandonar."
"Una
persona adicta frente a un embarazo puede actuar
de dos maneras: o vive ese embarazo con rechazo,
porque el paco genera el sinsentido de la vida
-ésta es la reacción más
recurrente-, o lo toman como una vía de
escape para abandonar el consumo. Esto se debe
analizar en el contexto de pobreza, exclusión
y marginalidad en el que viven los pibes que consumen",
explicó Mariela Fernández. Por eso,
contó la psicóloga, desde Madres
contra el Paco se aborda la problemática
de manera integral, poniendo énfasis en
trabajar la violencia familiar, la salud sexual
y reproductiva, en generar espacios de reflexión,
debate y organización.
Madre
contra el paco durante las 24 horas
Marcela
García está pendiente del teléfono.
Sabe que unos minutos de demora pueden ser trágicos.
Actuar ya es su regla básica de trabajo.
Su oficina atiende las 24 horas del día
y funciona en la casa de su madre, donde vive
junto a sus hijos. Ella es una madre contra el
paco y ex consumidora de drogas. Su horario más
movidito es a la madrugada, cuando se mete a las
villas para rescatar a los pibes paqueros. Habla
con ellos, los convence de regresar a su casa
y luego los acompaña hasta el Sedronar
para gestionar su internación en las granjas
de recuperación.
Vivió
casi toda su vida en la localidad de Ingeniero
Budge, uno de los barrios más empobrecidos
de Lomas de Zamora. Cuando sus padres se separaron,
ella quedó a cargo de sus abuelos, quienes
la criaron. Es la madre más solicitada
por otras madres. Tiene la historia de vida y
las marcas en el cuerpo que le permiten interpelarse
de igual a igual con los pibes y las pibas que
consumen esta droga. Tiene 33 años y empezó
a consumir a los 16 años. "Empecé
con porro, drogas y muy poco paco. En ese momento
se conocía como pasta base. Al principio
empecé como todos, probando. Es como un
tren que pasa; y cuando te querés dar cuenta,
no te podés bajar", graficó.
Hace
ocho años que no consume y desde hace un
par de meses que ayuda por los hijos de sus pares:
"Las madres vienen desesperadas a pedirme por
el hijo que se escapó. Salimos a la noche
y los vamos a buscar, nos metemos en las casas
de los transas, en las villas, en cualquier suburbio,
donde vayan los chicos a drogarse".
-¿Quiénes
te acompañan en esos momentos?
-Voy
sola. No tengo miedo. Si antes me metía
a esos lugares para drogarme, si tuve huevos para
entrar, los tengo que tener para ir a buscar a
estos pibes. A mi vieja le agarran los ataques,
porque son las 2 de la mañana y yo dejo
a los chicos y me voy. Decidí poner el
cuerpo en la calle. Los transas saben quién
soy. Vivo con miedo, pero si hubo 30 mil compañeros
que dieron la vida por mí y por mis hijos,
yo estoy dispuesta a dar la pelea contra el paco.
Hasta
el momento, 10 chicos del barrio de Budge fueron
internados en institutos de recuperación
gracias a su intervención. "Vamos a perder
unos cuantos chicos en el camino. Muchos mueren
por problemas en los pulmones, y en los hospitales
no los tratan por la adicción sino por
los efectos de la misma, pero tenemos que seguir
adelante", sostuvo Marcela.
El
trabajo de Marcela no termina allí. El
seguimiento de cada caso es fundamental, al igual
que el diálogo con aquellos chicos que
todavía no decidieron recuperarse. "El
tema de las adicciones se debería informar
desde el nivel inicial. Los chicos empiezan a
consumir droga a los 7 u 8 años.
Cada
vez son más chiquitos. Además se
tienen que abrir lugares donde los pibes se puedan
encontrar, donde aprender un oficio. Sabemos que
la mayoría de los pibes no van a terminar
la secundaria y tienen que recibir capacitación
para que no terminen en la esquina fumando porro",
advirtió.
Ella,
junto a integrantes de Madres contra el Paco,
tiene un proyecto en ese sentido, aunque faltan
los recursos económicos para hacerlo realidad.
Allí, según los planos elaborados
por Marcela, se instalaría un salón
de usos múltiples, se dictarían
programas culturales, sociales y clases de oficios.
Habría
consultorios, oficinas de asistencia social y
farmacia, "pero, sobre todas las cosas, pibas
y pibes tendrían un lugar propio donde
interactuar y aprender".
Fuente:
Página 12
Cristina
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