La
carta de Alicia Buenaventura y otras del
mismo tenor me llevan a compartir mis vivencias
que tienen un valoración más
positiva de la experiencia de emigrar.
Llegamos
a Barcelona en 1985, mi esposa, Matías
de 3 años y Paula de 9 meses. No
nos traía ninguna persecución
política ya que la dictadura había
terminado ni tampoco dificultades económicas
ya que mi esposa y yo teníamos un
buen puesto y buenos sueldos. Lo hicimos
con el afán de conocer mundo, recuperar
las raíces, y también, un
poco hastiados del conocido “mal argentino”:
corrupción, soberbia, viveza criolla,
y un futuro de posibles crisis que lamentablemente
luego se confirmaron.
Los
comienzos fueron duros, la nostalgia estaba
presente, no había Internet, 1 minuto
por teléfono a Buenos Aires costaba
300 pesetas y para poder decir algo más
que en una carta enviábamos casetes
grabados. Y si querías comprar el
Clarín solo llegaba dos veces a la
semana y el del domingo costaba 550 pesetas
(¡+ de 3€ hace 20 años!!!)
La
forma de relacionarse de los catalanes no
es la misma que tenemos nosotros, ni mejor
ni peor, simplemente distinta. Pero provoca
que el proceso de establecer relaciones
y, especialmente, de hacer amigos, se torne
mucho más largo.
Pero
bueno, todo ello lo fuimos superando teniendo
presente siempre tres cosas:
| |
-
estábamos en España
porque habíamos querido, nada
ni nadie nos había obligado
-
nosotros éramos los extraños
y por lo tanto los que debíamos
adaptarnos a la cultura y costumbres
catalanas y no a la inversa. ¡¡Y
si no les gustaba el dulce de leche
o no hacían facturas en la
panadería no eran perores!!!!
-
debíamos tener la mente abierta
para incorporar otra visión
de las cosas, y para ello era necesario
no caer en el gueto. Nada de reuniones
con argentinos para llorar pensando
en mi Buenos Aires querido mientras
tomábamos unos mates y escuchábamos
un tango.
|
Con los años, y a base de esfuerzo,
nuestra situación fue mejorando.-
Y mientras nuestros hijos se convertían
en catalanes, fuimos descubriendo todo lo
bueno que nos aportaba el vivir en esta
tierra. Que además nos había
acogido con los brazos abiertos sin hacernos
sentir en ningún momento que éramos
diferentes.
Pero
la nostalgia seguía estando allí,
oculta pero presente. Y cada regreso de
un viaje a Buenos Aires la acrecentaba envuelta
en lágrimas. Y a medida que pasaba
el tiempo era mayor la idealización
que teníamos sobre la gente, sobre
Buenos Aires y sobre Argentina. Los 30 días
que pasábamos de vacaciones allí
cada 3 años (más no se podía)
no nos permitían ver que el país
cambiaba, pero además a peor. Es
decir que el mal argentino era cada vez
mayor.
La
vida da muchas vueltas y en 1999 mi empresa
me ofrece ir a Buenos Aires en condición
de expatriado durante un plazo de 3 a 5
años. Como imaginarán, nada
mejor podía pasarnos a pesar que
nuestro hijo que ya tenía 18 años,
decidiera quedarse en Barcelona para empezar
la universidad aquí. Volvíamos
a nuestra ciudad y como privilegiados dadas
las buenas condiciones económicas
que suelen tener los expatriados.
Luego
de la euforia inicial, el duro contacto
con la realidad: mayor corrupción,
mayor desigualdad (cada viaje por el Gran
Buenos Aires o el interior del país
se transformaba en una herida desgarrante),
caída en picada de la educación,
aparición de enfermedades que antes
no padecíamos (solo en el resto de
Latinoamérica), mucha intolerancia
por parte de todo el mundo, incumplimiento
permanente de todo tipo de normas y siempre
presente la viveza criolla que termina transformando
la vida en un campeonato donde se disputa
quien caga a quien: el empresario al trabajador
con bajos sueldos o trabajo en negro (el
50%), el trabajador al empresario haciendo
como que trabaja, el empresario al estado
pagando el 10% de los impuestos que le corresponden
y el estado al empresario con desigualdad
jurídica y demás yerbas, Y
así siempre
Tardamos
un año en volver a adaptarnos. El
cemento de Buenos Aires se nos venía
encima y extrañábamos la tranquilidad
que te da el vivir en un país con
un cierto orden y con las reglas más
o menos claras. Pero estaban los afectos
y el poder recuperar a la familia y a los
amigos, y ello significaba una ganancia
enorme.
En
2004 se acabó el plazo de expatriación,
y podría haber solicitado a mi empresa
el continuar trabajando en Buenos Aires
como empleado local. Pero nuestra decisión
fue volver a España. Que duda cabe
que al tener a nuestros 2 hijos en Barcelona,
el motivo para volver era enorme. Pero también
necesitábamos poner distancia por
segunda vez de todas las lacras de nuestra
querida Argentina
Con
51 años sobre el lomo sigo queriendo
a mi país y a mi ciudad Buenos Aires.
Pero me siguen jodiendo un montón
de cosas que cuando dejamos el país
corremos el riesgo de olvidar por la tendencia
a idealizar lo que dejamos.
Y
me imagino un futuro con estancias de meses
en Buenos Aires pero con el necesario regreso
a Barcelona para llenar los pulmones de
aire puro y fresco.
Cada
uno tiene sus propias vivencias y tengo
claro que los paraísos no existen.
Y cuando decides vivir en un sitio tienes
que asumir que ganarás cosas pero
perderás otras
Pero
¡¡cuidado con la idealización!!!
Es
cierto que en España hay corrupción
(la mejor prueba es el caso Marbella) pero
es una travesura de niños comparada
con la nuestra. Y a las pruebas me remito:
puesto 97 en el ranking de corrupción
mundial mientras que España es 23.
Es
cierto que la sanidad tiene problemas con
las listas de espera y la saturación
de los servicios de urgencias, pero es para
todos, con un muy buen nivel técnico
y con recursos. A años luz la situación
de los hospitales públicos en Argentina
y especialmente si hablamos del interior.
Es
cierto que la educación es francamente
mejorable en España, pero más
del 50% de los estudiantes universitarios
reciben becas, la situación de los
colegios es buena en todo el país,
los docentes están bien pagos, etc
etc. Para matar la nostalgia nada mejor
que ver una escuela del Gran Buenos Aires
llena de rejas para protegerse de los vándalos
y ni hablar de escuelas rurales.
Es
cierto que la justicia no está bien,
pero aquí es posible que ministros
o secretarios de estado (Barrionuevo y Vera)
vayan a la cárcel al igual que eminentes
empresarios (Conde y De la Rosa) o incluso
jueces (Estevill). Por favor que alguien
me diga cuantos ministros con condena efectiva
hay en Argentina. ¿Y empresarios
top? Moneta siga campando por sus anchas.
Es
cierto que en España hay pobres y
desigualdades. Pero aún no ha llegado
el día en que nos muestren en la
TV niños desnutridos como los de
Tucumán (antes eran de Biafra) o
nos informen que un chico murió de
hambre en Corrientes porque solo comía
tierra. Y eso viviendo al lado del río
Paraná.
¿Quieren
que siga?
Pero
bueno, todos somos dueños de decidir
donde queremos vivir. Y si no estás
bien en un lugar, lo mejor es que te marches.
Y
si a pesar de querer marchar no puedes,
es señal de que hay algo en ese mundo
idealizado que no funciona bien.
En
fin, vida tenemos solo una y hay que tratar
de disfrutarla lo mejor posible cada día
porque además pasa pronto.
Un
cariño para todos.