Cada vez más localidades se acuerdan de las estatuas humanas para
sus fiestas patronales, pero Leganés fue la primera en España en organizar un
concurso puro para premiar el estatismo callejero, según le consta a su área de
Festejos. Han pasado cinco años desde entonces, y cada año la cita es más
reconocida por los propios artistas, que la sitúan como la más importante de
España y a la altura de otros certámenes internacionales como el holandés.
Entre estos artistas se encuentran los argentinos Alicia Edith
Hecht y Carlos González, que este año han recibido el recién instaurado Premio
Especial del Público por su representación de «La Piedad».
—¿Cómo llega alguien a «convertirse» en una estatua?
—(Alicia) Somos actores, yo soy maestra de Educación Plástica e
hice teatro en Argentina, vine acá, a Barcelona, y he tratado de seguir
trabajando con la expresión, también haciendo esto. Carlos es fotógrafo y
pinta.
—¿Trabajan siempre juntos?
—No, cuando trabajo sola me transformo en una bailarina de ballet
clásico y en una réplica de la Venus de los Cajones de Dalí. Carlos también hace
otra réplica de Dalí, el Hombre con Violoncello Blando, y se está preparando un
Lennon en una cajita de música.
—Su «Piedad» ha obtenido el Premio Especial del Público de Leganés,
¿hubieran preferido el que concedían los expertos al estatismo, el movimiento o
el vestuario?
—Cualquier premio está bien, porque significa que avanzas, que lo
estás haciendo bien. El del público, además, económicamente era mejor.
—¿Cuál es la rutina de una estatua humana?
—Según el día. Hubo épocas en que sí seguía una rutina diaria, pero
ahora a veces estás en la calle, a veces en «bolos», a veces haces
«performances» en recepciones o bodas... es que la calle tiene su encanto pero
también cansa mucho. Cuando trabajas en la calle lo haces 3 o 4 horas como
mucho, y antes te maquillas y caracterizas otros tres cuartos de hora, y
calientas un poco; es un trabajo, muy cansado.
—¿Qué es lo peor?
—Las inclemencias del tiempo: a veces llueve y no se puede
trabajar, se siente mucho el frío o el calor. El vestuario también es muy
delicado, y luego tienes que estar muy pendiente de que la gente menos
respetuosa no te toque ni te tire nada.
—¿Serán los menos?
—Claro, la gente en general es bastante respetuosa, pero hay de
todo y no hay nadie vigilándote.
—¿Y lo mejor de este trabajo?
—La independencia, la libertad, poder disponer de tu tiempo y hacer
lo que te gusta. No me gustaría dedicarme toda la vida a esto, pero sí al teatro
y la expresión.
—¿No faltarán las anécdotas?
—No, sobre todo por parte de los niños, que echan a volar su
fantasía. También los mayores se preguntan si eres de verdad o de mentira, pero
algún niño a veces se te abraza a la pierna o se pregunta si la estatua está
rota cuando echan una moneda y no nos movemos: es que con «La Piedad», más
seria, tratamos de mantener el estatismo.
—¿No se les escapa la risa a veces?
—Sí, a veces te mueves por eso: estás muy concentrado y no mueves
la mirada, pero sí escuchas, ¡y hay gente muy graciosa que hace cada
comentario!