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Viernes, 20 de agosto de 2004 |
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EDICIÓN IMPRESA - Nacional TOLERAR
LA INMIGRACIÓN Hace poco, la ONU recomendó que Europa abriera las puertas a la emigración y se «enriqueciera» con la fuerza de trabajo de los inmigrantes, su fecundidad, sus culturas y costumbres, sus comidas y tradiciones. A veces se oye a alguien (son pocos, por fortuna, que este país no es tan cerril como quieren hacernos creer), quejarse de los inmigrantes. Pero lo que una observa a su alrededor es, sobre todo, convivencia y respeto mutuos. Solemos «tolerar», -triste palabra, en realidad, porque significa «sufrir, llevar con paciencia; permitir algo que no se tiene por lícito, sin aprobarlo expresamente»- la presencia de inmigrantes que ejercen funciones que ya no queremos para nosotros: limpiadores, niñeras, cuidadores de ancianos, obreros, recolectores... Desde que los hombres dejaron de salir a cobrar la pieza y a desollarla, mientras las mujeres encendían el fuego y ahuyentaban a las fieras disponiéndose a cocinar el mejunje del día, nosotras hemos ocupado el lugar de las recolectoras, dejándoles a ellos el papel de cazadores. Pero ya entonces necesitábamos ayuda con nuestras crías. Alguien tenía que vigilarlas cuando su mamá se dedicaba a la cocina, o a las labores del campo. Normalmente, una persona del entorno familiar, o de la misma tribu. Lo peor de los vástagos de una especie como la nuestra, de infancia tan prolongada, es que hay que protegerlos para que sobrevivan. Ahora mismo, en España, las niñeras son jóvenes inmigrantes en una abrumadora mayoría. Ellas están criando a nuestros hijos, y cuidando de nuestros ancianos, que por cierto cada día son más y se sienten más abandonados. Es frecuente ver por las calles de las ciudades españolas extrañas parejas: una mujer joven, probablemente venida de Ecuador, o de Perú, o de tantos otros lugares de Latinoamérica, del brazo de una viejecita, o de un anciano de paso fatigado. La mujer lo sostiene, y se para cuando él lo hace, hablándole y acompasándose a su ritmo jadeante. En nuestro entorno, ya no encontraríamos a nadie conocido dispuesto a ofrecerse para tamañas labores: los niños nos resultan un incordio, y los ancianos nos recuerdan nuestra propia muerte, preferimos no verlos demasiado a menudo. Los ciudadanos de occidente, que hace tiempo disfrutamos del confort de sociedades posindustriales y opulentas, hemos superado el materialismo histórico, a Marx y su «somos lo que hacemos», y ahora estamos más bien de la parte de su yerno Paul Lafargue (1842-1911), aquel mulato que se casó con una hija del viejo Karl Marx, y escribió, seguramente no sólo por llevarle la contra a su suegro, la deliciosa obra «El derecho a la pereza». Si por nosotros fuera, no trabajaríamos nunca más, de modo que no vemos con malos ojos que los inmigrantes se ocupen de tareas que nos desagradan. Pero nuestra «tolerancia» con el extranjero no debería limitarse sólo a eso.
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