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Publicado en la ed. impresa: Política
Sábado 2 de octubre de 2004
Joaquín Morales Solá
Designación del gobierno de Rodríguez Zapatero
El regreso de un amigo de la ArgentinaAgregar a mi carpeta

Angulo Barturén, el nuevo embajador español, cumplió un papel clave en la crisis

El consejo de ministros de España designó ayer a Carmelo Angulo Barturén como nuevo embajador español en Buenos Aires. No se trata sólo de una noticia diplomática, sino también -y fundamentalmente- de una novedad afectiva y política para un sector importante de la dirigencia argentina.

Angulo Barturén fue hasta hace muy poco jefe del Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) en la Argentina y, como tal, tuvo una misión casi decisiva en lo que se llamó el Diálogo Argentino, quizá la única experiencia nacional reciente para buscar un consenso entre los argentinos.

Angulo Barturén llegó a Buenos Aires a principios del caótico año 2001 como virtual embajador de las Naciones Unidas. Poco después, con una inusual percepción de la realidad, descubrió que la Argentina marchaba hacia una crisis homérica. Detectó dos problemas, que pasaban inadvertidos para la mayoría de los argentinos: un deterioro insoportable en la estructura social del país (sin antecedentes en la Argentina) y una incomprensible carencia de diálogo entre los principales protagonistas de la vida pública.

En efecto, la Argentina se dirigía bailando hacia el abismo. Angulo Barturén golpeó puertas, habló con unos y otros, ofreció el apoyo técnico de las Naciones Unidas para la construcción de un imprescindible clima de diálogo y logró, por fin, que existiera la conciencia de esa necesidad. Tuvo dos aliados: el entonces jefe de Gabinete, Chrystian Colombo, que le dio la cobertura política de la que carecía como diplomático extranjero, y la conducción de la Iglesia Católica, que aceptó liderar la etapa del diálogo. El entonces representante de las Naciones Unidas había establecido que la Iglesia era una de las pocas instituciones que contaban con un respeto casi generalizado entre los argentinos.

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De esas conversaciones entre todos surgió, por ejemplo, la necesidad de implementar un inmediato seguro de desempleo, que amortiguara la abrupta caída en la pobreza de amplios sectores sociales, tras el colapso de la economía. El precario gobierno de Eduardo Duhalde se respaldó en ese diálogo en sus tiempos iniciales. Pero el Diálogo Argentino confeccionó consensos más importantes sobre temas tan diversos como la educación, la salud y la justicia.

En alguna coyuntura infeliz, Angulo Barturén quedó preso de un fuego cruzado. Ciertos dirigentes políticos lo sospecharon defendiendo intereses económicos, mientras las empresas de su país que tienen inversiones en la Argentina desconfiaban de ese diplomático dialoguista y contemporizador.

Hace pocas semanas le brindó un último favor a la Argentina: en París fue testigo a favor del país en el primer juicio internacional contra el Estado argentino. No fue a explicar los pormenores de la crisis económica, sino a describir que el colapso fue también una inédita crisis social y política.

Antiguo simpatizante del socialismo español, Angulo Barturén (que tenía rango de embajador de España) será un representante cabal del nuevo gobierno de José Luis Rodríguez Zapatero, con quien tiene muy buenas conexiones. En una decisión poco usual, el gobierno de Néstor Kirchner le dio el plácet correspondiente en un trámite de 72 horas.

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Angulo Barturén es amigo personal del actual embajador de España, Manuel Alabart, quien regresará a Madrid después de un largo destino en la Argentina. Alabart debió mediar en la crisis de 2001 cuando las empresas de su país fueron severamente afectadas por el colapso argentino.

En los últimos tres años, esas empresas españolas han diversificado sus inversiones en otros países de América latina, en Brasil y México, fundamentalmente. Pero en aquel tiempo "la crisis argentina era casi un problema interno de España", como la definió el entonces canciller Josep Piqué. La inversión española fue la primera inversión extranjera durante la década del noventa.

Alabart convirtió su casa en un ámbito abierto para los argentinos de cualquier extracción política y para intelectuales y artistas de todas las tendencias. Dio impulso también a un foro permanente de españoles y argentinos que se reúnen una vez al año. Enamorado de la Patagonia, prometió que recalará en el sur argentino en los ratos libres de su ajetreada vida de diplomático.

La satisfacción por el rápido regreso de Carmelo Angulo Barturén a la Argentina no impide la prematura nostalgia por el adiós de Manuel Alabart.

Por Joaquín Morales Solá
Para LA NACION


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Carmelo Angulo Barturén
Foto: Archivo


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