Bernardino Rivadavia, el primer
presidente argentino, se vino a morir a Cádiz. Los
últimos tres años de su vida los pasó aquí, con
dos sobrinas que le fueron robando poco a poco la
escasa plata labrada que le quedaba. Ni después de
muerto quiso irse. Lo dejó escrito. "Que mi cuerpo
no vuelva jamás a Buenos Aires". Su voluntad no
fue respetada y sus restos quedaron para siempre
en un mausoleo de la plaza Miserere. Pero su casa
siempre fue suya. Conservó su nombre, igual que la
calle donde su ubica. Y hoy, 159 años después de
su muerte, la Casa Rivadavia vuelve a ser la casa
de todos los argentinos.
El consulado del país latinoamericano volverá a
abrir sus puertas en Cádiz. En apenas un mes, los
argentinos afincados en la capital ya no tendrán
que recorrer 675 kilómetros para resolver sus
trámites en Madrid. Tampoco los que vivan en el
resto de Andalucía, porque el de Cádiz será el
único consulado que ese país tiene en toda la
comunidad. Sólo Madrid, Barcelona y Vigo tienen
uno. En España hay más incluso que en Italia, a
pesar de su histórica relación con Argentina. Sólo
existen dos, uno en Roma y otro en Milán.
La cónsul y la cónsul adjunta, María Elena
Borasca y Silvina Montenegro, respectivamente, ya
están en Cádiz desde hace un mes. El consulado
abrirá en noviembre, cuando la Casa Rivadavia esté
preparada. "Un consulado no puede funcionar de
forma parcial", explica Borasca. "El día en que
abra sus puertas, debe funcionar al cien por
cien". En estos momentos, en el edificio aún
quedan pequeños detalles por terminar. Las últimas
capas de pintura y el imprescindible sistema
informático.
Pero ya han llamado decenas de argentinos para
hacer consultas, para preguntar cuándo podrán
atenderlos, según Montenegro. Y es que muchas
páginas web relacionadas con Argentina anuncian
que el consulado va a abrir de nuevo en Cádiz,
nueve años después de que se cerrara. El pasado
enero, el periódico bonaerense La Nación ya
publicó que el consulado volvería a instalarse en
marzo pasado. Y que, una vez que empiece a
funcionar, "aliviará en un 30 por ciento el
trabajo de esa oficina en Madrid, donde, para
conseguir un turno, muchos argentinos hacen cola
desde la madrugada".
Sólo en Cádiz capital hay empadronadas 76
personas con nacionalidad argentina. Hace tres
años, el padrón municipal registraba tres
argentinos. "Hay gente que lleva mucho tiempo
afincada en Andalucía, que vive integrada", cuenta
la cónsul. "Pero también hay un nuevo grupo, que
empezó a huir de Argentina en el año 2000,
empujado por los problemas económicos, buscando un
vida con menos zozobra. Es difícil saber si todos
esos argentinos regresarán".
María Elena Borasca cree que los que vinieron
con sus hijos, probablemente no se volverán, ya
que eso supondría un nuevo desarraigo que puede
ser "muy duro". Pero también hay muchos que
dejaron a sus familias allí. Ayer mismo, la
edición digital de La Nación recogía un
reportaje sobre la vuelta de miles de compatriotas
a su país. "Casi 18.000 de los 120.000 argentinos
que habían elegido España para escapar de la
hecatombe", cuenta el diario, "empezaron a volver
el año pasado". Los datos proporcionados por el
Ayuntamiento de Cádiz también recogen este
descenso. En enero de este año había 82
argentinos, seis menos que ahora.
El consulado en Cádiz servirá para fomentar las
relaciones culturales entre esta provinica y
Artengina. Pero, sobre todo, ayudará a todos
aquellos que nunca volverán. Y a los nuevos que
lleguen. En el edificio de la calle Presidente
Rivadavia, los argentinos podrán resolver papeleo,
hacer poderes para que sean válidos en Argentina,
traer documentación de su país de origen, ser
asistidos en caso de enfermedad o fallecimiento,
si tienen un accidente... "Esperamos que aquí
encuentren un lazo permanente con su país", dice
Borasca. "Porque el consulado es la representación
del gobierno. De alguna manera, es la casa de
todos los argentinos que viven fuera".
La propia cónsul sabe lo que significa la
palabra desarraigo. Ha estado destinada en
Venezuela, en Ecuador, en Italia y en España. Con
ella siempre ha viajado su familia. Y algunos de
sus muebles. Sus dos hijas se traen y se llevan
cuadros, juguetes antiguos. Así parece que están
más cerca de casa. "La vida de un diplomático es
un poco agitada. Pero muy interesante. Mis hijas
sufren porque se dejan atrás afectos, amigos. Pero
conocen otras sociedades, otras formas de vida. Y
se han hecho más tolerantes, más amplias, y más
abiertas a los cambios".
María Elena Borasca dice que abandonar su hogar
es difícil para un diplomático, pero mucho más
para los verdaderos inmigrantes. Por eso está
aquí. Lejos. Para que sus compatriotas se sientan
cerca./ Eva Bocanegra