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Seis de cada diez reclusos son ya
extranjeros
Las cárceles
españolas albergan a más de 59.000 presos, un 5,5 por ciento
más que hace un año En cuatro años, los encarcelados
extranjeros se ha incrementado en un 110% Los marroquíes,
4.625, representan el 30 % de la población rea
foránea
Seis de cada diez reclusos
nuevos internados en las prisiones son extranjeros, según un
informe del sindicato de prisiones Acaip con datos a 1 de
octubre de 2004. La cifra de incremento de estos internos se
ha disparado al 110% en cuatro años. Esta población inciden
hasta tal punto en la saturación actual del sistema
penitenciario español que más de la mitad (57%) del aumento de
reclusos en las cárceles desde 1999 se debe a su irrupción.
59.425 delincuentes están presos actualmente en toda España,
un 5,91% más que el año anterior y un 79,75% superior a 1990.
Frente a ello, un colectivo de funcionarios más viejos (el 57%
tienen más de 40 años y sólo el 5,7% menos de 30) y mucho más
amenazados en su trabajo.
Juan C. Serrano
Madrid- Desde 1999,
la población reclusa extranjera en las prisiones españolas ha
pasado de 7.900 internos a 16.626, lo que supone que
actualmente de cada diez presos que ingresan en las cárceles,
seis ya son extranjeros, según un amplio informe elaborado
recientemente por el sindicato Acaip al que ha tenido acceso
LA RAZÓN. En los últimos tres años y medio, mientras los
reclusos nacionales sólo se han incrementado un 17,91% (de
36.297 a 42.799), los de fuera de España se han disparado al
110,45%, un porcentaje superior al de los nueve años
anteriores. Las tasas de crecimiento entre ambos colectivos
llevan invirtiéndose desde la década de los 90. En el período
1990 a 1999, el aumento de población reclusa a nivel nacional
(incluido Cataluña) fue de 11.139. El incremento de españoles
estaba en un 31,57% mientras el de extranjeros ya se situaba
en un 44,39%. En una década, la balanza se ha inclinado de
forma espectacular sobre el lado de los internos de fuera de
nuestras fronteras. Según este sindicato, la principal
explicación del este aumento en nuestras cárceles de población
reclusa extranjera radica en que los detenidos de otras
nacionalidades casi nunca obtienen la libertad bajo fianza
hasta la celebración del juicio, ya que carecen en su mayoría
de arraigo familiar en España. De esta forma, son «culpables»,
en un 57,30 %, de que en este período de tiempo las cárceles
hayan visto entre sus muros a 15.288 reclusos más. Los 16.626
extranjeros actualmente en prisión representan el 27,97% del
censo total de presos. De ellos, 15.368 son hombres y 1.258,
mujeres. Marruecos, con 4.625 de sus nacionales tras las rejas
españolas, es el país extranjero con mayor representatividad
en las cárceles nacionales, seguido de Colombia (1.985) y muy
de cerca por Argelia, 1.182. Con datos de 1 de octubre de
2004, en el conjunto de las prisiones españolas hay 59.425
internos. La cifra ha aumentado en 3.317 con respecto al año
anterior, lo que equivale a un 5,91% más. Nunca antes las
cárceles habían tenido semejante volumen de inquilinos. De
hecho, el crecimiento desde 1990 es de un 79,75 por
ciento.Según los datos del informe de Acaip, nueve de cada
diez internos son hombres (92,31%). En relación a su situación
procesal-penal, el 77,80% está condenado a penas de prisión,
mientras el 21,41 se encuentra en situación preventiva. En
cuanto a los primeros, el 61,71% son reincidentes ya que han
tenido más de una condena, mientras el 39,28% son primarios.
La gran mayoría (83,43%) está clasificada en segundo grado de
tratamiento y un 13,56% se halla en tercer grado, es decir, en
una situación de semilibertad, que les permite acudir sólo a
dormir de lunes a viernes, realizando una actividad laboral a
lo largo del día. Por contra, sólo el 2,99 por ciento de la
población reclusa y clasificada lo está en primer grado,
situación en la que se encuentra, principalmente, los penados
por terrorismo, grandes narcotraficantes, mafiosos e internos
inadaptados al régimen interior de los centros penitenciarios.
Estos presos se caracterizan por un enfrentamiento continuo a
las normas, agresiones a internos, agresiones a funcionarios,
coacciones e incluso asesinatos en prisión. El informe destaca
que dos de cada tres internos penados (60,88%) tienen edades
comprendidas entre los 26 y los 40 años de edad mientras la
población juvenil hasta 20 años, prácticamente es residual
(1,5%). La media de un preso condenado es de 35 años y la de
un preventivo, 33. Los que cumplen condena por el Código Penal
derogado cada vez son menos y si en 2000 suponían un 25,1%
ahora están en un 6,94% (3.164 presos). De los internos
penados por la Ley Orgánica 10/95 del Código Penal vigente, el
50,87% tiene delitos «contra el patrimonio y el orden
socioeconómico» y 12.312 (29%) «contra la salud pública».
Respecto a las mujeres condenadas, el 48,61% está penada por
tráficos de drogas y un 48,61% por robos, fraudes y estafas. A
esta radiografía de la población reclusa, el estudio de Acaip
enfrenta un diagnóstico alarmante sobre el colectivo de
funcionarios que debe mantener a diario el orden en las
prisiones. Así, estos funcionarios han sido víctimas de
agresiones por parte de los internos. Así, desde el año 2000
se han registrado 847 agresiones a miembros del citado
colectivo, de las que 52 fueron graves. Aspecto igualmente
relevante es el relativo al envejecimiento que ha
experimentado este colectivo en los últimos años. Según estos
datos, el 57% de tienen más de 40 años y sólo el 5,7% posee
menos de 30. La pirámide de edad se ha invertido
estrepitosamente en los últimos nueve años puesto que en 1995
los menores de 40 años representaban el 78,89%, mientras que
en la actualidad ese porcentaje se sitúa en el 43 por ciento.
Por contra, mientras en 1995 sólo existía un 21,11 por ciento
de funcionarios con edad superior a los 40 años, en la
actualidad esa situación alcanza al 56,96 por ciento.
Resultado de todo ello es que casi la mitad de los
funcionarios en estos momentos se encuentra en la horquilla de
edad comprendida de 40 a 50 años. De esta forma, el colectivo
de funcionarios, pues, va envejeciendo a marchas forzadas
mientras la población reclusa recobra un impulso inusitado con
un perfil totalmente distinto al que se encontraron cuando
accedieron al puesto. El informe explica que, de no adoptarse
medidas urgentes, «esta situación supondrá una quiebra total
de la institución penitenciaria por falta de recursos humanos
adecuados», ya que el grupo de funcionarios con más de 40 años
y más 20 de servicio «se caracteriza por una elevada tasa de
absentismo laboral», reflejada en «el espectacular incremento»
de las jubilaciones por incapacidad para prestar el servicio.
Así, si se compara los datos de edad de los funcionarios
penitenciarios con los generales de la encuesta de población
activa, se puede comprobar cómo el envejecimiento de los
profesionales de Instituciones Penitenciarias es mucho más
acusado que en la mayoría de sectores. «El marco de edad de la
población activa española menor de 44 años es de un 69,8 por
ciento, y, en cambio, en Instituciones Penitenciarias
únicamente el 43,04 por ciento de los funcionarios es menor de
40 años», se asegura al respecto en el informe de Acaip. Desde
1995, las jubilaciones por alcanzar la edad reglamentaria se
han reducido a la mitad y en muchas anualidades se equiparan
las cifras de fallecidos con las de jubilaciones por edad,
según los datos de Acaip. Un estudio sobre la salud laboral
entre los funcionarios de prisiones ya recogía en 1995 la
especial penosidad de las funciones de vigilancia en el
interior de los centros penitenciarios. La mayoría (60,7%) de
los trabajadores sufren stress, fatiga mental (64,2%),
angustia y ansiedad (42,8%), alteraciones del sueño (41,9%) o
miedo a enfrentarse al trabajo (25%). El 37% de los
encuestados considera que su trabajo deterioraba sus
relaciones sociofamiliares, el 5,8% llega incluso a reconocer
que consume alcohol, el 3,5% psicofármacos y el 71,4% afirma
que su consumo de tabaco se ve incrementado por el trabajo. En
relación con lo anterior, el informe alude a la «especial
penosidad de las funciones de vigilancia en el interior de los
centros penitenciarios». Sobre este aspecto se incide en que
esa situación «hace altamente inadecuado, tan por motivos de
salud laboral, de rendimiento en el puesto de trabajo y de
eficacia administrativa» el desempeño de esas funciones a lo
largo de 30 o más años de servicio, «sin que existan puestos o
tareas adecuados que atribuir al personal que se encuentra en
dicha situación». Así, y como prueba de esa especial dureza a
la que se enfrenta el personal penitenciario, el informe
refleja los «incidentes graves» que se han producido en las
prisiones españolas en el período comprendido entre 1990 y
2004. En esos años se han producido más de mil intentos de
suicidios por parte de internos y 350 se consumaron. Además,
se registraron 54 muertes violentas de presos y más de cien
evasiones o fugas. El «quehacer diario» de los funcionarios de
prisiones provoca en estos trabajadores, además de afectar
directamente a la salud de los mismos, provoca un importante
desgaste, tanto a nivel físico como psicológico. Así, y en lo
que se refiere a este segundo aspecto, el informe señala que
en los últimos años se ha identificado al profesional
penitenciario con el denominado «síndrome de Burnot -o efecto
quemado–».
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